Esta obra, La caida de los angeles rebeldes (2024) constituye una exploración pictórica de la revuelta primordial, una relectura contemporánea del arquetipo de la caída donde el conflicto entre ángeles y demonios se despliega con una intensidad apocalíptica y una densidad visual abrumadora. Inspirada en la imaginería turbulenta de Matthias Grünewald y las composiciones corales de Pieter Brueghel el Viejo, la obra aflora en medio de una energía caótica, donde las figuras se entrelazan en una vorágine de movimiento y violencia metafísica, generando una sensación de colapso inminente. No obstante, esta batalla celestial busca trascender la simple dicotomía de la luz contra las tinieblas, ya que más que una pugna entre el bien y el mal, esta serie señala un drama existencial, un juego de fuerzas donde la rebelión se entreteje con la fatalidad.
La meticulosidad técnica de las piezas evoca la maestría de los primitivos flamencos, con una ejecución refinada que se construye a partir de sucesivas capas de óleo sobre madera, potenciando la riqueza cromática y la profundidad lumínica. Las figuras, detalladas hasta el paroxismo, emergen con una fisicidad vibrante que refuerza la tensión de las escenas, capturando tanto la ferocidad del combate como la ambigüedad emocional de sus protagonistas. La paleta de colores, saturada de carmines abrasadores y azules ultraterrenos, no solo intensifica el dramatismo de las composiciones, sino que también sugiere una atmósfera crepuscular, un punto de no retorno en el que el firmamento se desploma sobre sus propios habitantes.
Uno de los aspectos a destacar de esta serie de obras es su condición voluntaria hacia el anacronismo: en efecto, la iconografía de la pintura histórica se ve interferida por la presencia de artefactos tecnológicos modernos. Tocadiscos, televisores y discos compactos de colores emergen en medio del fragor celestial como reliquias de una modernidad desplazada, elementos que, lejos de funcionar como meros instrumentos decorativos, se integran al drama visual como signos de una distorsión temporal, una suerte de colapso de las eras donde lo sagrado y lo profano, lo antiguo y lo moderno, se confunden. Estas incursiones de lo tecnológico no solo problematizan la lectura lineal del tiempo dentro de la obra, sino que también operan como dispositivos críticos, sugiriendo que la rebelión de los ángeles no es solo un episodio remoto de la mitología cristiana, sino una metáfora de las tensiones, dislocaciones y extravíos de la contemporaneidad.
Más allá de la literalidad del relato bíblico, La Caída de los Ángeles Rebeldes se configura como una alegoría de la condición humana, una meditación pictórica sobre la transgresión, el exilio y la búsqueda de libertad. La caída, en esta visión, no es solo castigo, sino génesis: la fundación de un nuevo orden en el abismo, la posibilidad de lo otro frente al dictamen divino. Así, en el torbellino de cuerpos en lucha, en la anatomía convulsa de los condenados y en la luminosidad hiriente de los vencedores, resuena un eco de fatalismo y grandeza, un vestigio de la eterna pugna entre el deseo y la obediencia, entre el ímpetu creador y la sombra de la ruina.